Transitando

Una de las primeras cosas que me llamó tremendamente la atención al llegar a Colombia y, en concreto, a Bucaramanga, fueron los camiones típicamente americanos y las busetas, una especie de autobuses pequeñitos, decorados cada cual a su antojo, con luces de neón y colores, con lemas religiosos o de cualquier otra temática impresos en las carrocerías, que recuerdan a una atracción de feria. Aún tengo pendiente fotografiarlas en algún momento. Estas busetas no tienen paradas marcadas, si encuentras una en tu camino, le haces una señal con la mano al conductor y éste para sea donde sea. Son estrechas, algunas tienen hasta cortinillas con flecos, como los recibidores de los pisos antiguos, y creo que pueden alojar como a unas 25 personas aproximadamente. Cuando quieres bajar, avisas al conductor y para ahí mismo. Eso sí, para manejarte bien en ellas es necesario que conozcas bien la ciudad para poder identificar la ruta, por lo que yo no me he aventurado a coger una estando sola aún.

Bucaramanga no se define por tener un gran sistema de transporte público. Por ello, la gente se suele trasladar en coche o en temerarias motos que cada vez que veo tiemblo. Recientemente, se está instalando el sistema de Metrolínea, que poco tiene que ver con un metro tal y como lo entendemos en España. Digamos que consiste en varias líneas de autobuses con un diseño estandarizado (no como las busetas), muy similares a los autobuses de Tuvisa o Bilbobus, con sus pantallitas leds indicando las paradas, que en este caso sí son fijas, y además cada autobús para en todas y cada una de ellas, como el metro. Se accede a Metrolínea con una tarjeta sin contacto similar a la tarjeta bat, que te permite hacer transbordos sin coste adicional. En las autopistas disponen de un carril propio al cual no puede acceder ningún otro vehículo. El problema que tiene Metrolínea es que apenas hay planos y la gente no conoce las líneas, se aprende una que le lleva a su destino y poco más.

Cuando consulté por la ubicación de la oficina de turismo para ir a pedir un plano de la ciudad, me desalentaron informándome de que si pides un mapa o plano de la ciudad te hacen muchísimas preguntas sobre el para qué y cuáles son tus intenciones en la ciudad… No sé si tendrá relación con la escasez de planos informativos de Metrolínea, pero decidí apañarme estudiando las calles (con sentido de oeste a este, y numeradas de norte a sur) y las carreras (con sentido de norte a sur, y numeradas de oeste a este), apuntándome números jeroglíficos en la palma de la mano y echando a caminar.

Los primeros días cruzaba las calles corriendo y temblando. Avenidas repletas de carros (coches), sin pasos de peatones, con semáforos únicamente para los vehículos, cuyo color casi tienes que adivinar desde el lateral… Diagonales cruzadas sin rotondas y sin garantía ninguna para viandantes… Las calles más pequeñas no se libran del problema, y la velocidad media de quienes conducen no tranquiliza.

En los coches, si te sientas detrás y procedes a abrocharte el cinturón de seguridad, escuchas sin falta “que acá eso no es necesario, no multan por ello”, argumentos que siguen la lógica de lo que es punible o no, olvidando lo que puede suponer para la seguridad personal tan sencillo gesto.

Los taxis son baratos pero igualmente temerarios en sus modos de conducción. En las motos que circulan por acá puedes observar habitualmente a mujeres conduciendo con niños de unos cuatro años delante, de pie y sujetos al manillar, o a parejas con bebés en el pecho. También puedes encontrar motos que de modo ilegal te ofrecen llevarte a donde les pidas, suelen estar en las esquinas de las zonas más transitadas.

Por la carrera 27, una de las grandes avenidas de la ciudad que comunica con otros municipios del área metropolitana, en los semáforos en rojo se encuentran múltiples artistas callejeros: malabaristas, imitadores, mimos… En los mismos sitios puedes encontrar a la típica persona que te limpia la luna sin preguntarte, y lo más chocante, a hombres empujando a personas en silla de ruedas con amputaciones o discapacidad evidente entre los coches, utilizando la morbosidad y la pena para conseguir unas monedas.

La terminal de autobuses está en las afueras de la ciudad, pero para comprar una boleta (un billete), como para casi todo en esta ciudad, no es necesario que te traslades hasta allá, con que llames a un teléfono y lo pidas a domicilio te lo traen por el módico precio de mil pesos colombianos (unos treinta céntimos de euro), y así te ahorras salir del refugio.

El centro de la ciudad es bien bonito, pero si no quieres dar papaya (buscarte un problema) debes andar con paso seguro y con objetivo fijo, parece complicado el hecho de pasear por mera recreación acá. Aquí hay un barrio no tan céntrico y más tranquilo que esas calles, llamado San Francisco, repleto de pequeñas zapaterías artesanales. El calzado es de muy buena calidad y muy económico, ya que lo venden a precio de fábrica. Allí parece imposible el poder entrar en cada tienda a observar toda la mercancía, pues lo primero que te dicen nada más entrar es “a la orden” y te consultan por qué es lo que buscas. Debes ir con una idea concreta si no quieres que te inviten a probarte cualquier cosa con tal de que te lleves algo. Así que el ritual es ir preguntando en cada entrada las características del calzado que buscas, que te contesten y si te dicen que no, das las gracias, deseas un buen día o tarde (aquí la tarde es a partir de las 12 de la mañana) y sigues al siguiente comercio. Están todos seguidos, ¡así que puedes repetir este proceso cuarenta veces! Si te decides por algún modelo, debes preguntar por “el último precio” porque en San Francisco todo se puede regatear.

A todo se puede adaptar una, y aunque parezca mentira, poco a poco me muevo con más seguridad por la calle, incluso cruzando las calles o sintiendo el casi roce de una buseta mientras caminas por la precariedad de acera que queda tras una obra en el piso. Pronto comenzaré a viajar a entornos rurales del país para trabajar en campo dentro del proyecto en el que colaboro, y sé que muy probablemente las historias del trayecto (cuatro horas atravesando el cañón del Chicamocha para un recorrido de poco más de cien kilómetros) darán que contar…

Eva

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