El Pueblito Pesebre y la magia

El proyecto en el que colaboro es parte de la alianza entre la Fundación Edex y el Instituto Proinapsa de la Universidad Industrial de Santander. Se trata de una apuesta por la mejora de los derechos sexuales y reproductivos de la infancia de las poblaciones santandereanas de Oiba y Simacota, a través de la capacitación de las y los docentes en lo que la OMS llamó las habilidades para la vida, en base a a los derechos sexuales y reproductivos de todos los seres humanos, una serie de habilidades psicosociales que nos ayudan a mejorar nuestra relación con los demás y con nosotros mismos.

Durante el mes de julio, desde Bucaramanga, pude ponerme al día sobre los proyectos del Instituto y participar en el diseño de la planeación de las actividades que se desarrollarían posteriormente en unos encuentros con las familias del estudiantado de Oiba y Simacota. Hace unas semanas tuve el placer de viajar a Oiba y participar activamente en el desarrollo de dichos encuentros. La experiencia ha sido realmente inolvidable, enriquecedora y divertida.

La gente de Oiba es muy, muy especial. Sus tierras son bellas, el municipio es conocido como el “Pueblito Pesebre de Colombia”, y es parte de la zona cafetera santandereana. En el pueblo hay cuatro instituciones educativas, dos en el ámbito urbano y otras dos en el ámbito de las veredas. Para que me entendáis, dos (la Escuela Normal y la Escuela Industrial) se encuentran dentro del pueblo, y las otras dos (San Pedro y Eduardo Rueda) se expanden por el término municipal que es puro campo y monte. Se dividen en muchas pequeñas sedes, alejadas unas de otras, y se accede a ellas a través de las veredas, caminos escarpados por los que un coche normal no podría avanzar. Los paisajes de las veredas son impresionantes, y la experiencia de viajar por allí en el jeep del señor José, te hacía sentir como Indiana Jones.

En cada sede hay sólo una docente, quien se encarga de sacar adelante una clase con niños de diferentes edades en medio de la naturaleza tropical. Las niñas y niños recorren cada mañana aproximadamente una hora de camino a pie hasta llegar a la escuela. En Oiba se amanece muy temprano, tanto que a las cinco de la mañana unas campanas estruendosas te recuerdan que te vayas preparando para asistir a la misa. En su hermoso cielo azul se puede observar cada día la luna mañanera que, bien coqueta, no se esconde del sol. Los montes son de un verde que deslumbra, por las veredas te interrumpen el paso vacas, ovejas y caballos, y la vegetación tropical con su vergel de frutas te rodea. Es verdaderamente precioso.

Y la gente es realmente bonita. Su tremenda hospitalidad te agasaja constantemente con comida en cada sede tras cada encuentro con familias. El señor José comenzó a traernos cada mañana tempranera arepas caseras y jugo natural hecho por su esposa. Una mañana vino con su pequeño nieto de cuatro años. El niño nos iba a acompañar en el viaje, verdaderamente cotorro y como dicen aquí, muy pilo (espabilado, inteligente, perspicaz). Entre foto y foto, saqué una instantánea al semblante del abuelo con su nieto en la belleza de los parajes naturales de Oiba. Días después busqué un lugar en el pueblo donde poder imprimir la fotografía como detalle. Encontré creo que el único estudio fotográfico de Oiba, y un señor que me preguntó si era italiana o francesa, me atendió. Había problemas con su ordenador y mi cámara, y la cosa se alargó. Mientras esperábamos que el problema se solucionase, entablamos una conversación filosófica sobre la vida que no sé ni cómo surgió. Se unió a la conversación su hija, aproximadamente de mi edad. Y así estuvimos, charlando casi cuarenta minutos, hasta que por fin la foto se pudo imprimir. Cuando quise pagar al señor, el hombre se negó diciéndome que había sido una conversación muy agradable y que esta vez quería regalarme el servicio. A pesar de mi insistencia en pagarle por su trabajo, el hombre se empeñó en quedar así. Su hija me dio su número de teléfono porque quería seguir en contacto.

Cuando el último día de esta estancia en Oiba le ofrecí al señor José la foto dedicada y unos dulces, se mostró tan agradecido que decidió invitarnos a las cuatro compañeras del equipo a comer a su casa. Tanto su esposa como él me repitieron que cuando quisiera volviera a Oiba, que allí tenía una casa. Su nieto de cuatro años me decía al oído que adónde me iba, que eso dónde estaba, y que por qué me tenía que ir. Me los llevo de verdad en el corazón.

Ya de vuelta en Bucaramanga, desde la terminal de autobuses, cogí un taxi para regresar a mi hospedaje. Lo primero que me dijo el taxista nada más cerrar la puerta fue que por qué los gringos y los europeos dábamos esos portazos en los carros. Me dio la risa y me disculpé sinceramente. El señor me dio la bienvenida a Bucaramanga y comenzó a narrarme las características de la ciudad como si acabara de llegar de turista, le di las gracias y le dije que ya llevaba aquí un tiempo. Comenzamos a charlar y le expliqué por qué estoy aquí. Su tono de voz cambió y me miró con agradecimiento cuando escuchó que venía de trabajar en las veredas. El señor se sinceró y me contó que él se había criado en un pueblo con un entorno así, en medio de las veredas, siempre descalzo, adoptado por una familia que tenía otros catorce niños. Me decía que tenía los pies tan anchos de haber caminado descalzo tantos años por el monte, que para él era imposible calzarse unos zapatos elegantes que fueran ligeramente estrechos. Refería que allí la gente tenía hijos por doquier, por las ayudas económicas que daban, pero que se desentendían. La guerrilla era la única solución que en ese entorno, sin ninguna posibilidad de futuro, la juventud veía. Veinte años atrás, siendo aún un adolescente, un tipo le encañonó con un fusil y le obligó a irse con él a la guerrilla o a marcharse del pueblo. Él narraba ¡que le estaba tan agradecido por haberle dejado elegir!

Desde entonces se estableció en el área metropolitana de Bucaramanga y tuvo que empezar de nuevo. Adora haber salido del pueblo porque considera que eso le hizo abrir su mente y ver más allá. Sin embargo, nunca pudo volver a su tierra. Su historia es una más de las de tantas personas desplazadas internas que hay en Colombia. El señor no paró de darme las gracias por “haberme alejado de mis comodidades para colaborar en proyectos que lleguen a la gente de las veredas”, convencido de que el desarrollo y la equidad entre los colombianos del ámbito rural y del urbano son claves para la pacificación.

Personalmente, me parece mágico que una carrera de taxi dé para tanto y para tan gratificante. Si mantienes los ojos y los oídos bien abiertos, aquí todo fluye.

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