Los Guanes y yo

A fecha de hoy, y sin contar la experiencia en el teleférico de Panachi, he atravesado ya ocho veces el cañón del Chicamocha en autobuses y busetas. El paisaje de la Cordillera Oriental de los Andes es sobrecogedor, la carretera de dos sentidos y estrechita, las curvas bien pronunciadas, incluyendo bastantes de 180 grados, y la caída desde las alturas puede resultar devastadora. Un recorrido de unos cien kilómetros puede hacerse durar más de cuatro horas. Más vale prevenirse de mareos tomando previamente al viaje Biodramina o Mareol, como se comercializa aquí en Colombia. Sin duda, merece la pena realizar este trayecto al menos una vez en la vida, con los ojos bien abiertos.

Vistas del parque de Simacota

Mis últimas experiencias en los encuentros con familias se han desarrollado en el municipio de Simacota, un pequeño pueblo con un extenso término municipal de sierras, veredas imposibles y pura naturaleza. Para llegar a algunas sedes rurales de los colegios, se avanza con jeep desde el pueblo unos veinte minutos, para después adentrarse a pie por un sendero monte arriba otros veinte minutos aproximadamente, atravesando cultivos de café y cacao.

En general en toda Colombia, pero en especial en este pueblo, se siente una fuerte y arraigada influencia de la religión católica. Todo el municipio se estaba movilizando debido a que se avecinaba la visita del obispo en los próximos días, y el pueblo y los colegios se estaban poniendo de gala. Las gentes de Simacota son sencillas y humildes, y aún así, te dan más de lo que tienen. En una de las sedes nos prepararon un “desayuno” que incorporaba carne de res, pollo, huevos, arepas de queso y jugo natural en cantidades ingentes.

En estas fechas se mascaba cierta tensión en el pueblo. Se acercan las elecciones regionales en Colombia, en las cuales se elegirán tanto los gobiernos de los departamentos (el equivalente a nuestras comunidades autónomas), como quiénes regirán las alcaldías y concejalías de los municipios. En pueblos pequeños como Simacota, esto complica las relaciones entre vecinos. Se palpa cierto conservadurismo y una mentalidad machista muy normalizada. Sin embargo, hay personas muy comprometidas y trabajadoras por el desarrollo del pueblo que con su vitalidad y liderazgo hacen que todo avance. El profesorado es verdaderamente admirable, creativo e innovador, y siembra aires de cambio.

Allí en Simacota nos hospedamos en la casa colonial de una señora que arrienda habitaciones. Coincidimos con un grupo de religiosas que iban a difundir la palabra en grupos de escolares. La antigüedad de la arquitectura, de la decoración y de todos los detalles que durante toda una vida se habían ido depositando en ese hogar, hacen de la casa un lugar muy auténtico y especial. El patio interior, repleto de plantas y macetas colgantes, estaba precioso fruto de un cuidado de mimo. Así me imagino la casa de los Buendía que Gabo retrató.

En el parque del pueblo vuelan coloridos periquitos en lugar de nuestros pardos gorriones, en el césped se posan los chulos, una especie de ave negra carroñera muy habitual en la zona, y perros callejeros pasean constantemente por las calles, algunos con sarna y evidente desnutrición. Enfrente de ese parque, y al lado de la iglesia, se encuentra la única panadería del pueblo, abierta casi permanentemente. En otras casas fabrican artesanalmente dulces hiperazucarados de apio, de leche, de guayaba y otros sabores.

Nos contaron como hace cincuenta años las veredas y el pueblo fueron pasto de la violencia, verdaderas sangrías y brutalidades en lo que hoy parece un lugar tan apacible y tranquilo. La preocupación actual se centraba más en los numerosos casos de chikunguña que se están dando en la zona, una enfermedad que se transmite a través de la picadura de un mosquito.

Unos días después, aproveché para visitar Barichara, un pueblo muy recomendado y nombrado “el pueblito más lindo de Colombia”. Es realmente bonito, y una muestra clara de lo que es la Colombia adaptada al turista. Allí, entre sus casitas blancas, podías encontrar desde restaurantes vegetarianos, italianos con banderas de Europa, hasta hamburgueserías estadounidenses. Todo es más caro que en cualquier otro pueblo, y especialmente si tu acento no se confunde con el local. El hostal donde me hospedé es otra casa colonial, con su respectivo patio y sus habitaciones con ventanas hacia el interior, con el agua fría como en la mayoría de casas de la zona. Desde Barichara, y disfrutando de una hermosa vista de la serranía de los Yariguíes, fui caminando por una antigua ruta de unos cinco kilómetros que conecta con el diminuto pueblo de Guane, cuna de los antepasados indígenas de esta zona de Colombia. Allí te encuentras con un verdadero pueblo de lugareños, con su placita que centraliza el parque, la iglesia, y un interesante museo antropológico y arqueológico de la zona. Puedes encontrar fósiles de amonites en cualquier rincón del pueblo. La señora que te explica el recorrido es encantadora y rebosa sabiduría del dolor de sus gentes.

En los últimos días, he podido visitar Girón, Curití y El Socorro. Girón tienen una arquitectura muy parecida a la de Barichara, con un empedrado de calles diferentes, y todas las casitas blancas. Las escolares practican melodías con sus liras de percusión, una especie de carillón que se puede transportar fácilmente, en las placitas y parques. Al municipio lo atraviesa el río de Oro, y mantiene algunos puentes colgantes aunque ya no se utilizan. Lo que no esperaba era,  gracias a una linda compañera que me abrió las puertas de su casa, probar una deliciosa arepa ocañera casera tras llegar atravesando una carretera destapada (un camino, o carretera sin asfaltar).

Curití es otro de los pueblos de la zona Guane que merece la pena visitar. Mantiene la misma distribución del pueblo, con su parque-plaza, la iglesia y el centro neurálgico del municipio allí en el mismo sitio.

En El Socorro estuvimos un par de días celebrando el 30º aniversario de Proinapsa-UIS y el encuentro de la provincia comunera, con aportaciones de representantes de la OPS-OMS, el ICBF y por supuesto, de portavoces bien comprometidas de cada pueblo de la región donde se han venido desarrollando proyectos. El Socorro es un municipio más grande, capital de la provincia comunera, cuna de la revolución y de Antonia Santos, desde donde se renombró a la Serranía de los Yariguíes como “serranía de los cobardes”, por la huida de los españoles por los túneles de su monasterio. Verdaderamente bonito y con una historia impresionante.

De todos estos días, todas estas travesías y todos estos aprendizajes, extraigo desde tan lejos, un profundo agradecimiento a mi padre, que ha cumplido 61 años en estos días, mientras yo estoy en el otro lado del mundo. De él aprendí a apreciar y respetar la naturaleza, a asombrarme con la historia, y sobre todo, a caminar cual cabra montesa por senderos, ríos y piedras. Sin eso, mi experiencia aquí, muy probablemente, no estaría siendo tan memorable.

Gracias papá, ¡te encantaría todo esto!

Eva

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