Donde fueres, haz lo que vieres

Mi localidad adoptiva, Bucaramanga, y los municipios donde venimos desarrollando el proyecto en el cual colaboro, se ubican en el departamento de Santander, en el nororiente colombiano. Los departamentos que dividen administrativamente Colombia se asemejan a las comunidades autónomas del Estado Español. La frontera con Venezuela queda muy cerca de aquí, y el tramo que en estos momentos es especialmente conflictivo se sitúa en los límites del departamento de Norte de Santander.
Muchas personas santandereanas tienen familiares y/o amistades que han venido residiendo desde hace años en Venezuela, dada la cercanía y los lazos fraternales y culturales entre sus pueblos. El intempestivo cierre de la frontera y la expulsión de ciudadanos colombianos de sus hogares con lo puesto, la demolición de casas marcadas previamente por el Ejército venezolano, y la separación de familias y parejas (incluso de madres colombianas de sus bebés venezolanos, argumentando que «son hijos del Estado»), constituyen una clara vulneración de los derechos humanos.
Seguramente hable desde el desconocimiento de quien mira asombrada una realidad con ojos nuevos, pero mi sentido común me dicta que ni el contrabando ni las desavenencias entre dos gobiernos tan diferentes justifican este atropello humanitario.
Hoy se cumple el día 28 desde el cierre de la frontera, y se oye en los noticieros que el Ejército venezolano ha realizado intromisiones aéreas no autorizadas en La Guajira colombiana. Desde Colombia, por suerte, se mantiene la diplomacia a la espera de la mediación internacional.

La semana pasada pude viajar a Cartagena y las islas del Rosario, en reencuentro con las otras tres compañeras de JVC. Viajé por tierra desde Bucaramanga, un largo trayecto en autobús recorriendo los departamentos de Santander, Norte de Santander, Cesar, Magdalena, Atlántico y Bolívar durante catorce horas.
La zona costeña parece otro país. El acento es bien diferente al santandereano, con un deje cubano bien marcado, y la población afrocolombiana es mucho más numerosa. Los contrastes son crudamente dolorosos.
La terminal de autobuses de Cartagena se encuentra en una zona paupérrima de la ciudad, donde abundan las carreteras destapadas (sin asfaltar), las personas transportándose en carros de cuatro tablones y un caballo, las casas de techos de chapa y la miseria evidente.
Cuando cruzas la muralla y te adentras en el casco histórico, el panorama cambia radicalmente a lo que podrían ser las calles empedradadas, los edificios históricos cuidados y las tiendas de firma de cualquier ciudad turística europea. Los carros que transitan allí también son de caballos, pero en este caso, dignos de cuento, y el lujo se hace evidente. Por la noche se convierte en un romántico escenario diseñado para el disfrute de sus estampas de postal.
Más arriba, en Bocagrande, se extiende una especie de Miami hotelera, con altos edificios y grandes centros comerciales.
En Isla Grande, la única isla del Rosario con pueblo (las demás son islas privadas), puedes observar el drástico contraste entre los resorts situados en las playas, y el pueblo de Orica, sin agua ni luz, con casas construidas con elementos de reciclaje y techos de chapa, sin asfaltar ni empedrar, con población íntegramente afrocolombiana y superviviente a base de las artesanías de coral y la pesca.
Allí dormimos en un ecocamping situado en el interior de la isla, en unas hamacas a la intemperie, sin agua ni luz, atendidas por gente verdaderamente amable y que nos explicaba cómo algún hotel había expropiado terreno y playas a los lugareños, tema que está en los tribunales.
Las aguas turquesas y el lujo de los resorts hacen doloroso ver las condiciones de miseria de la población de Orica.

El hecho de ser extranjera, sumado al complejo ambiente preelectoral que se respira en algunas poblaciones que presentan «problemas de orden público» como se dice aquí, hacen que no sea recomendable que me mueva a ciertos municipios y que se haya truncado mi participación en un proyecto concreto.
Aunque en Colombia la seguridad para viajar ha mejorado mucho en los últimos diez años, siempre es aconsejable preguntar, informarse y escuchar a los lugareños que conocen la realidad de acá. En ciertas zonas, la guerrilla o los paramilitares pueden parar autobuses y retener a los profesionales sanitarios que viajen en ellos para asistencia de sus grupos. El ciertos lugares y momentos, ser extranjera puede darte unas cuantas boletas como posible rehén.
Sin embargo, la zona en la que me he movido durante estos meses actualmente es muy segura y en ningún momento he tenido problema alguno, todo han sido facilidades y gente amable.
Colombia sigue siendo un país en proceso de pacificación y es algo que no se puede obviar a la hora de moverse por el país. Pero su potencial humano, cultural y paisajístico es una delicia que ojalá algún día toda su gente pueda disfrutar en paz.

Eva

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