La luna escarlata se quedó con media Eva

Escribo esta última entrada tras una semana exacta de mi regreso a Vitoria-Gasteiz. Las sensaciones al regreso son confusas, melancólicas, nostálgicas. Una se alegra del reencuentro con la cueva o el nido, claro que sí. Pero a la vez regresa con una mirada nueva sobre la realidad que, al menos en mi caso, hace que todos los lujos y banalidades por los que nos preocupamos a este lado del mundo se vuelvan frívolos y parciales.

Me traigo Colombia en el corazón y todo lo que sus tierras y sus gentes me han enseñado. Vuelvo, creo, con el corazón más grande, los abrazos más espontáneos y fáciles, la sensibilidad más a flor de piel.

En las últimas semanas allá, pude regresar a mis Oiba y Simacota, esta vez para participar en los últimos talleres con docentes de educación para la sexualidad, siempre desde la base de las habilidades psicosociales para la vida y el enfoque de derechos y determinantes sociales. Tuve la oportunidad de escuchar a cuenteros y cuenteras, personas que perpetúan la tradición oral colombiana, en los marcos de la Feria Bonita y del Festival Abrapalabra (puede que, tristemente, en su última edición). Bailé vallenatos, champeta, salsa y reggaeton, echando a la basura prejuicios de superioridad musical que no sirven para nada y que además no pueden ser más infundados. Sufrí mi primer guayabo (resaca) tras tanto baile y tanta jirafa (algo parecido a los metros) de cerveza. Regateé por última vez en las zapaterías del barrio de San Francisco y el centro comercial de Sanandresito. Fui al cine a ver el documental “Colombia: Magia salvaje” y me enamoré todavía más del país. Conocí el lindo pueblito de Zapatoca, tras atravesar parajes de geología de estudio. Me volví a sentir impresionada y pequeñita ante la magnificencia del mirador Guane, atento y cuidador de los valles y cañones de los ríos Suárez y Chicamocha. Un eclipse lunar con una superluna escarlata me maravilló la antepenúltima noche. Sentí dulces y afectuosas despedidas, lágrimas de felicidad y tristeza, de verdad que no puedo sentirme más agradecida por todo lo vivido y compartido con un equipo humano y profesional fuera de lo común.

A una semana de mi marcha, aún tengo resquicios de jet-lag, cansancio y descontrol horario. Lo primero que hice al llegar a casa fue poner los discos de uno de los grupos que han formado mi banda sonora de esta experiencia, Aterciopelados, para que el espíritu colombiano inundase mis espacios. Unos días después, mi chico me descubrió una tiendita internacional en nuestro barrio donde pude comprar ají y arepas congeladas de maíz, de yuca y de Choclo. Ayer descubrí que en mi nuevo grupo de teatro tengo un compañero colombiano. Y cada pequeño detalle que me acerca a ese país maravilloso me alegra el día.

Vuelvo cambiada y reencontrada a la vez de esta inigualable experiencia. Con más información, más acercamiento a la realidad de allá, y por ello, con muchos más interrogantes y asumiendo que todo siempre es más complejo de lo que parece. Por supuesto, y espero haber logrado un poco transmitir esta idea de Colombia, no todo es guerrilla y narcotráfico. Esas no son las realidades que lo definen. Lo que resume allí mi experiencia, y lo que más cotidianamente he encontrado, es la calidez de las personas, la confianza que te brindan, la alegría por los cuatro costados enmarcada en ese carpe diem, y lo clave que es la expresión emocional allí, el humanismo de sus conversaciones e incluso de sus reuniones de trabajo, y la de veces que te recuerdan las cosas que haces bien y tus puntos positivos, no quedándose sólo en la recriminación de los errores a la que estamos a este otro lado tan acostumbrados.

Y todo ello, facilita sonrisas, facilita el cariño, facilita el bienestar y la calidad de vida aunque las “comodidades” a las que estamos aquí acostumbrados puedan faltar.

A todas las personas con quienes me he podido cruzar en este camino, GRACIAS.

Y un enorme agradecimiento al Gobierno Vasco y Edex por haberlo hecho posible.

Hasta pronto, Colombia.

Eva

Anuncios

Donde fueres, haz lo que vieres

Mi localidad adoptiva, Bucaramanga, y los municipios donde venimos desarrollando el proyecto en el cual colaboro, se ubican en el departamento de Santander, en el nororiente colombiano. Los departamentos que dividen administrativamente Colombia se asemejan a las comunidades autónomas del Estado Español. La frontera con Venezuela queda muy cerca de aquí, y el tramo que en estos momentos es especialmente conflictivo se sitúa en los límites del departamento de Norte de Santander.
Muchas personas santandereanas tienen familiares y/o amistades que han venido residiendo desde hace años en Venezuela, dada la cercanía y los lazos fraternales y culturales entre sus pueblos. El intempestivo cierre de la frontera y la expulsión de ciudadanos colombianos de sus hogares con lo puesto, la demolición de casas marcadas previamente por el Ejército venezolano, y la separación de familias y parejas (incluso de madres colombianas de sus bebés venezolanos, argumentando que «son hijos del Estado»), constituyen una clara vulneración de los derechos humanos.
Seguramente hable desde el desconocimiento de quien mira asombrada una realidad con ojos nuevos, pero mi sentido común me dicta que ni el contrabando ni las desavenencias entre dos gobiernos tan diferentes justifican este atropello humanitario.
Hoy se cumple el día 28 desde el cierre de la frontera, y se oye en los noticieros que el Ejército venezolano ha realizado intromisiones aéreas no autorizadas en La Guajira colombiana. Desde Colombia, por suerte, se mantiene la diplomacia a la espera de la mediación internacional.

La semana pasada pude viajar a Cartagena y las islas del Rosario, en reencuentro con las otras tres compañeras de JVC. Viajé por tierra desde Bucaramanga, un largo trayecto en autobús recorriendo los departamentos de Santander, Norte de Santander, Cesar, Magdalena, Atlántico y Bolívar durante catorce horas.
La zona costeña parece otro país. El acento es bien diferente al santandereano, con un deje cubano bien marcado, y la población afrocolombiana es mucho más numerosa. Los contrastes son crudamente dolorosos.
La terminal de autobuses de Cartagena se encuentra en una zona paupérrima de la ciudad, donde abundan las carreteras destapadas (sin asfaltar), las personas transportándose en carros de cuatro tablones y un caballo, las casas de techos de chapa y la miseria evidente.
Cuando cruzas la muralla y te adentras en el casco histórico, el panorama cambia radicalmente a lo que podrían ser las calles empedradadas, los edificios históricos cuidados y las tiendas de firma de cualquier ciudad turística europea. Los carros que transitan allí también son de caballos, pero en este caso, dignos de cuento, y el lujo se hace evidente. Por la noche se convierte en un romántico escenario diseñado para el disfrute de sus estampas de postal.
Más arriba, en Bocagrande, se extiende una especie de Miami hotelera, con altos edificios y grandes centros comerciales.
En Isla Grande, la única isla del Rosario con pueblo (las demás son islas privadas), puedes observar el drástico contraste entre los resorts situados en las playas, y el pueblo de Orica, sin agua ni luz, con casas construidas con elementos de reciclaje y techos de chapa, sin asfaltar ni empedrar, con población íntegramente afrocolombiana y superviviente a base de las artesanías de coral y la pesca.
Allí dormimos en un ecocamping situado en el interior de la isla, en unas hamacas a la intemperie, sin agua ni luz, atendidas por gente verdaderamente amable y que nos explicaba cómo algún hotel había expropiado terreno y playas a los lugareños, tema que está en los tribunales.
Las aguas turquesas y el lujo de los resorts hacen doloroso ver las condiciones de miseria de la población de Orica.

El hecho de ser extranjera, sumado al complejo ambiente preelectoral que se respira en algunas poblaciones que presentan «problemas de orden público» como se dice aquí, hacen que no sea recomendable que me mueva a ciertos municipios y que se haya truncado mi participación en un proyecto concreto.
Aunque en Colombia la seguridad para viajar ha mejorado mucho en los últimos diez años, siempre es aconsejable preguntar, informarse y escuchar a los lugareños que conocen la realidad de acá. En ciertas zonas, la guerrilla o los paramilitares pueden parar autobuses y retener a los profesionales sanitarios que viajen en ellos para asistencia de sus grupos. El ciertos lugares y momentos, ser extranjera puede darte unas cuantas boletas como posible rehén.
Sin embargo, la zona en la que me he movido durante estos meses actualmente es muy segura y en ningún momento he tenido problema alguno, todo han sido facilidades y gente amable.
Colombia sigue siendo un país en proceso de pacificación y es algo que no se puede obviar a la hora de moverse por el país. Pero su potencial humano, cultural y paisajístico es una delicia que ojalá algún día toda su gente pueda disfrutar en paz.

Eva

Los Guanes y yo

A fecha de hoy, y sin contar la experiencia en el teleférico de Panachi, he atravesado ya ocho veces el cañón del Chicamocha en autobuses y busetas. El paisaje de la Cordillera Oriental de los Andes es sobrecogedor, la carretera de dos sentidos y estrechita, las curvas bien pronunciadas, incluyendo bastantes de 180 grados, y la caída desde las alturas puede resultar devastadora. Un recorrido de unos cien kilómetros puede hacerse durar más de cuatro horas. Más vale prevenirse de mareos tomando previamente al viaje Biodramina o Mareol, como se comercializa aquí en Colombia. Sin duda, merece la pena realizar este trayecto al menos una vez en la vida, con los ojos bien abiertos.

Vistas del parque de Simacota

Mis últimas experiencias en los encuentros con familias se han desarrollado en el municipio de Simacota, un pequeño pueblo con un extenso término municipal de sierras, veredas imposibles y pura naturaleza. Para llegar a algunas sedes rurales de los colegios, se avanza con jeep desde el pueblo unos veinte minutos, para después adentrarse a pie por un sendero monte arriba otros veinte minutos aproximadamente, atravesando cultivos de café y cacao.

En general en toda Colombia, pero en especial en este pueblo, se siente una fuerte y arraigada influencia de la religión católica. Todo el municipio se estaba movilizando debido a que se avecinaba la visita del obispo en los próximos días, y el pueblo y los colegios se estaban poniendo de gala. Las gentes de Simacota son sencillas y humildes, y aún así, te dan más de lo que tienen. En una de las sedes nos prepararon un “desayuno” que incorporaba carne de res, pollo, huevos, arepas de queso y jugo natural en cantidades ingentes.

En estas fechas se mascaba cierta tensión en el pueblo. Se acercan las elecciones regionales en Colombia, en las cuales se elegirán tanto los gobiernos de los departamentos (el equivalente a nuestras comunidades autónomas), como quiénes regirán las alcaldías y concejalías de los municipios. En pueblos pequeños como Simacota, esto complica las relaciones entre vecinos. Se palpa cierto conservadurismo y una mentalidad machista muy normalizada. Sin embargo, hay personas muy comprometidas y trabajadoras por el desarrollo del pueblo que con su vitalidad y liderazgo hacen que todo avance. El profesorado es verdaderamente admirable, creativo e innovador, y siembra aires de cambio.

Allí en Simacota nos hospedamos en la casa colonial de una señora que arrienda habitaciones. Coincidimos con un grupo de religiosas que iban a difundir la palabra en grupos de escolares. La antigüedad de la arquitectura, de la decoración y de todos los detalles que durante toda una vida se habían ido depositando en ese hogar, hacen de la casa un lugar muy auténtico y especial. El patio interior, repleto de plantas y macetas colgantes, estaba precioso fruto de un cuidado de mimo. Así me imagino la casa de los Buendía que Gabo retrató.

En el parque del pueblo vuelan coloridos periquitos en lugar de nuestros pardos gorriones, en el césped se posan los chulos, una especie de ave negra carroñera muy habitual en la zona, y perros callejeros pasean constantemente por las calles, algunos con sarna y evidente desnutrición. Enfrente de ese parque, y al lado de la iglesia, se encuentra la única panadería del pueblo, abierta casi permanentemente. En otras casas fabrican artesanalmente dulces hiperazucarados de apio, de leche, de guayaba y otros sabores.

Nos contaron como hace cincuenta años las veredas y el pueblo fueron pasto de la violencia, verdaderas sangrías y brutalidades en lo que hoy parece un lugar tan apacible y tranquilo. La preocupación actual se centraba más en los numerosos casos de chikunguña que se están dando en la zona, una enfermedad que se transmite a través de la picadura de un mosquito.

Unos días después, aproveché para visitar Barichara, un pueblo muy recomendado y nombrado “el pueblito más lindo de Colombia”. Es realmente bonito, y una muestra clara de lo que es la Colombia adaptada al turista. Allí, entre sus casitas blancas, podías encontrar desde restaurantes vegetarianos, italianos con banderas de Europa, hasta hamburgueserías estadounidenses. Todo es más caro que en cualquier otro pueblo, y especialmente si tu acento no se confunde con el local. El hostal donde me hospedé es otra casa colonial, con su respectivo patio y sus habitaciones con ventanas hacia el interior, con el agua fría como en la mayoría de casas de la zona. Desde Barichara, y disfrutando de una hermosa vista de la serranía de los Yariguíes, fui caminando por una antigua ruta de unos cinco kilómetros que conecta con el diminuto pueblo de Guane, cuna de los antepasados indígenas de esta zona de Colombia. Allí te encuentras con un verdadero pueblo de lugareños, con su placita que centraliza el parque, la iglesia, y un interesante museo antropológico y arqueológico de la zona. Puedes encontrar fósiles de amonites en cualquier rincón del pueblo. La señora que te explica el recorrido es encantadora y rebosa sabiduría del dolor de sus gentes.

En los últimos días, he podido visitar Girón, Curití y El Socorro. Girón tienen una arquitectura muy parecida a la de Barichara, con un empedrado de calles diferentes, y todas las casitas blancas. Las escolares practican melodías con sus liras de percusión, una especie de carillón que se puede transportar fácilmente, en las placitas y parques. Al municipio lo atraviesa el río de Oro, y mantiene algunos puentes colgantes aunque ya no se utilizan. Lo que no esperaba era,  gracias a una linda compañera que me abrió las puertas de su casa, probar una deliciosa arepa ocañera casera tras llegar atravesando una carretera destapada (un camino, o carretera sin asfaltar).

Curití es otro de los pueblos de la zona Guane que merece la pena visitar. Mantiene la misma distribución del pueblo, con su parque-plaza, la iglesia y el centro neurálgico del municipio allí en el mismo sitio.

En El Socorro estuvimos un par de días celebrando el 30º aniversario de Proinapsa-UIS y el encuentro de la provincia comunera, con aportaciones de representantes de la OPS-OMS, el ICBF y por supuesto, de portavoces bien comprometidas de cada pueblo de la región donde se han venido desarrollando proyectos. El Socorro es un municipio más grande, capital de la provincia comunera, cuna de la revolución y de Antonia Santos, desde donde se renombró a la Serranía de los Yariguíes como “serranía de los cobardes”, por la huida de los españoles por los túneles de su monasterio. Verdaderamente bonito y con una historia impresionante.

De todos estos días, todas estas travesías y todos estos aprendizajes, extraigo desde tan lejos, un profundo agradecimiento a mi padre, que ha cumplido 61 años en estos días, mientras yo estoy en el otro lado del mundo. De él aprendí a apreciar y respetar la naturaleza, a asombrarme con la historia, y sobre todo, a caminar cual cabra montesa por senderos, ríos y piedras. Sin eso, mi experiencia aquí, muy probablemente, no estaría siendo tan memorable.

Gracias papá, ¡te encantaría todo esto!

Eva

El Pueblito Pesebre y la magia

El proyecto en el que colaboro es parte de la alianza entre la Fundación Edex y el Instituto Proinapsa de la Universidad Industrial de Santander. Se trata de una apuesta por la mejora de los derechos sexuales y reproductivos de la infancia de las poblaciones santandereanas de Oiba y Simacota, a través de la capacitación de las y los docentes en lo que la OMS llamó las habilidades para la vida, en base a a los derechos sexuales y reproductivos de todos los seres humanos, una serie de habilidades psicosociales que nos ayudan a mejorar nuestra relación con los demás y con nosotros mismos.

Durante el mes de julio, desde Bucaramanga, pude ponerme al día sobre los proyectos del Instituto y participar en el diseño de la planeación de las actividades que se desarrollarían posteriormente en unos encuentros con las familias del estudiantado de Oiba y Simacota. Hace unas semanas tuve el placer de viajar a Oiba y participar activamente en el desarrollo de dichos encuentros. La experiencia ha sido realmente inolvidable, enriquecedora y divertida.

La gente de Oiba es muy, muy especial. Sus tierras son bellas, el municipio es conocido como el “Pueblito Pesebre de Colombia”, y es parte de la zona cafetera santandereana. En el pueblo hay cuatro instituciones educativas, dos en el ámbito urbano y otras dos en el ámbito de las veredas. Para que me entendáis, dos (la Escuela Normal y la Escuela Industrial) se encuentran dentro del pueblo, y las otras dos (San Pedro y Eduardo Rueda) se expanden por el término municipal que es puro campo y monte. Se dividen en muchas pequeñas sedes, alejadas unas de otras, y se accede a ellas a través de las veredas, caminos escarpados por los que un coche normal no podría avanzar. Los paisajes de las veredas son impresionantes, y la experiencia de viajar por allí en el jeep del señor José, te hacía sentir como Indiana Jones.

En cada sede hay sólo una docente, quien se encarga de sacar adelante una clase con niños de diferentes edades en medio de la naturaleza tropical. Las niñas y niños recorren cada mañana aproximadamente una hora de camino a pie hasta llegar a la escuela. En Oiba se amanece muy temprano, tanto que a las cinco de la mañana unas campanas estruendosas te recuerdan que te vayas preparando para asistir a la misa. En su hermoso cielo azul se puede observar cada día la luna mañanera que, bien coqueta, no se esconde del sol. Los montes son de un verde que deslumbra, por las veredas te interrumpen el paso vacas, ovejas y caballos, y la vegetación tropical con su vergel de frutas te rodea. Es verdaderamente precioso.

Y la gente es realmente bonita. Su tremenda hospitalidad te agasaja constantemente con comida en cada sede tras cada encuentro con familias. El señor José comenzó a traernos cada mañana tempranera arepas caseras y jugo natural hecho por su esposa. Una mañana vino con su pequeño nieto de cuatro años. El niño nos iba a acompañar en el viaje, verdaderamente cotorro y como dicen aquí, muy pilo (espabilado, inteligente, perspicaz). Entre foto y foto, saqué una instantánea al semblante del abuelo con su nieto en la belleza de los parajes naturales de Oiba. Días después busqué un lugar en el pueblo donde poder imprimir la fotografía como detalle. Encontré creo que el único estudio fotográfico de Oiba, y un señor que me preguntó si era italiana o francesa, me atendió. Había problemas con su ordenador y mi cámara, y la cosa se alargó. Mientras esperábamos que el problema se solucionase, entablamos una conversación filosófica sobre la vida que no sé ni cómo surgió. Se unió a la conversación su hija, aproximadamente de mi edad. Y así estuvimos, charlando casi cuarenta minutos, hasta que por fin la foto se pudo imprimir. Cuando quise pagar al señor, el hombre se negó diciéndome que había sido una conversación muy agradable y que esta vez quería regalarme el servicio. A pesar de mi insistencia en pagarle por su trabajo, el hombre se empeñó en quedar así. Su hija me dio su número de teléfono porque quería seguir en contacto.

Cuando el último día de esta estancia en Oiba le ofrecí al señor José la foto dedicada y unos dulces, se mostró tan agradecido que decidió invitarnos a las cuatro compañeras del equipo a comer a su casa. Tanto su esposa como él me repitieron que cuando quisiera volviera a Oiba, que allí tenía una casa. Su nieto de cuatro años me decía al oído que adónde me iba, que eso dónde estaba, y que por qué me tenía que ir. Me los llevo de verdad en el corazón.

Ya de vuelta en Bucaramanga, desde la terminal de autobuses, cogí un taxi para regresar a mi hospedaje. Lo primero que me dijo el taxista nada más cerrar la puerta fue que por qué los gringos y los europeos dábamos esos portazos en los carros. Me dio la risa y me disculpé sinceramente. El señor me dio la bienvenida a Bucaramanga y comenzó a narrarme las características de la ciudad como si acabara de llegar de turista, le di las gracias y le dije que ya llevaba aquí un tiempo. Comenzamos a charlar y le expliqué por qué estoy aquí. Su tono de voz cambió y me miró con agradecimiento cuando escuchó que venía de trabajar en las veredas. El señor se sinceró y me contó que él se había criado en un pueblo con un entorno así, en medio de las veredas, siempre descalzo, adoptado por una familia que tenía otros catorce niños. Me decía que tenía los pies tan anchos de haber caminado descalzo tantos años por el monte, que para él era imposible calzarse unos zapatos elegantes que fueran ligeramente estrechos. Refería que allí la gente tenía hijos por doquier, por las ayudas económicas que daban, pero que se desentendían. La guerrilla era la única solución que en ese entorno, sin ninguna posibilidad de futuro, la juventud veía. Veinte años atrás, siendo aún un adolescente, un tipo le encañonó con un fusil y le obligó a irse con él a la guerrilla o a marcharse del pueblo. Él narraba ¡que le estaba tan agradecido por haberle dejado elegir!

Desde entonces se estableció en el área metropolitana de Bucaramanga y tuvo que empezar de nuevo. Adora haber salido del pueblo porque considera que eso le hizo abrir su mente y ver más allá. Sin embargo, nunca pudo volver a su tierra. Su historia es una más de las de tantas personas desplazadas internas que hay en Colombia. El señor no paró de darme las gracias por “haberme alejado de mis comodidades para colaborar en proyectos que lleguen a la gente de las veredas”, convencido de que el desarrollo y la equidad entre los colombianos del ámbito rural y del urbano son claves para la pacificación.

Personalmente, me parece mágico que una carrera de taxi dé para tanto y para tan gratificante. Si mantienes los ojos y los oídos bien abiertos, aquí todo fluye.

EvaIMG_3493

Eva Luna en Medellín

El fin de semana del 7, 8 y 9 de agosto, las cuatro chicas de Juventud Vasca Cooperante que estamos en Colombia, pudimos reencontrarnos para ponernos al día en el territorio paisa de Medellín, en el marco de la Feria de las Flores. En dicha ciudad están colaborando dos, dentro de la Fundación Ciudad Don Bosco. Hasta allí nos trasladamos la otra chica que está ubicada en Pereira, a unas tres horas de Medellín por tierra, y yo desde Bucaramanga.

Viajé por tierra, que es más económico y era la única alternativa que me permitía compaginar mis horarios. Así que la noche del día 6, recién llegada de Oiba de cumplir tareas de mi proyecto durante la semana (sobre lo que ya ampliaré información), tras un trancón (atasco) inmenso a la altura del cañón del Chicamocha (con el que me he familiarizado ya mucho), y con el tiempo justo de darme una ducha y coger ropa limpia, volví de nuevo a la Terminal de Autobuses de Bucaramanga para a las 22:30 emprender un viaje nocturno a Medellín en un autobús de dos pisos. Curiosamente ir en el piso de arriba es bastante más barato que en el de abajo, comentan que la gente teme a las alturas y que las ramas de los árboles chocan bastante contra el techo del bus. Yo allí que fui esforzándome por dormir todo lo que pude, aunque mi cuerpo no es de los que se permite encuentros con Morfeo en trayectos así.

IMG_3265Amanecí en Medellín a las 6:45 del día 7. Llevaba una dirección apuntada y unos teléfonos de las compañeras. Fui a coger un taxi fijándome bien en el número de placa y en la pinta del taxista, más vale prevenir. Nos llevó unos tres cuartos de hora llegar hasta Ciudad Don Bosco. Se sitúa en la comuna de Robledo Aures, arriba en uno de los montes que bordean la capital antioqueña. Es un macrocentro para chicos (no hay chicas) desde los 12 años a la veintena, que se encuentran bajo la protección y/o tutela del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Allí residen unos 300 en régimen de internado o semi-internado (quienes trabajan o estudian fuera pero acuden allí a dormir), y van a estudiar ciclos formativos más de 600. En los poquitos días que estuvimos en Medellín, pudimos compartir bastantes ratos con los chavales de Ciudad Don Bosco, allí en el centro y también yendo juntos al Desfile de Silleteros del domingo. Todos tienen duras historias de vida y desprotección. Muchos son consumidores de todo tipo de drogas de bajo coste, que son fácilmente adquiribles en el barrio, donde operan dos bandas que en ocasiones pelean por el territorio y vacunan (cobran un dinero) a los comercios de la zona y los conductores de autobuses.

Me impactó la conversación con un chaval de 15 años, su nivel de madurez, su participación social en grupos juveniles de Medellín, su vocación por luchar para que el respeto y la convivencia fueran más que una utopía. También las habilidades de beat box de un chico del Chocó colombiano, que había aprendido la técnica únicamente mirando vídeos de internet y ya había cosechado algún premio de talentos. La capacidad artística de otro de los chicos que había publicado recientemente varios de sus dibujos, de diseños bellísimos y de significado profundo. Las ansias de cada uno de ellos por labrar un proyecto de vida, puros resilientes reforzados como el ave Fénix. La esperanza de que más allá de la realidad de que muchos de ellos sólo encuentran sosiego en las drogas, hay modos de seguir adelante y construir un futuro, a pesar de los horrores de la vida.

IMG_3306El domingo, que fuimos todos al centro a ver el Desfile de Silleteros y las esculturas de flores, cerca de la Plaza Mayor se encontraban ubicados varios stands municipales, con enfoque lúdico y divulgativo. En el stand del ejército se informaba de que en los últimos diez años el porcentaje de asesinatos en Medellín había descendido un 90% gracias al plan de seguridad municipal. La actividad lúdica que se proponía allí era vestir a cualquier persona que se acercase con las protecciones militares, así como enseñar sus fusiles, cómo se quitaba el automático y cómo se ponía el modo de ráfaga, y la posibilidad de sacarte fotos portando el fusil y el equipamiento. Me dolió muchísimo ver como muchos niños y chavales se arremolinaban ante el militar que muy orgullosamente les enseñaba cómo funcionaba su arma como quien enseña un juguete nuevo. Además acompañaba el stand un muñeco inflable militar, con la sonrisa de cualquier dibujo animado, que posaba para las fotos con toda la muchachada. Sin dudar de que la función del ejército sea necesaria en un contexto tan violento como ha sido el de Medellín, la frivolidad con que se encubría el riesgo de la profesión militar y de las armas, y con la que se lograba atraer a los niños, me dio ganas de llorar.

Me quedo con la esperanza y las ganas de vivir que vi en los ojos de tantos chavales supervivientes de la tragedia. Uno de los chicos de Ciudad Don Bosco nos rebautizó a todas según su criterio, y el seudónimo nos acompañó todo el fin de semana. Eva Luna recorrió poco Medellín turístico, ya que llegar al centro desde nuestra comuna llevaba aproximadamente una hora, sin embargo pudo abrir más los horizontes de su mente gracias a estos chavales.

Gracias, artistas.

Eva

Panachi

Agosto ha irrumpido intenso en mi vida, tanto que no sé ni por dónde empezar. El trasiego de los días me ha mantenido alejada de mi ordenador y conectada directamente a las realidades que me envolvían.

IMG_2953Comencé el mes asistiendo al IX Festival Latinoamericano de Música Folclórica, organizado por la Fundación Cardiovascular de Colombia, que se celebró en el impresionante Parque Nacional del Chicamocha. El paraje queda bastante cerca de Bucaramanga, se sitúa en el cañón del río Chicamocha, en la cordillera Oriental de los Andes colombianos. El espectáculo natural es árido, impactante y de altura. Atraviesas el cañón a bordo de un teleférico desde donde el atardecer conmueve. Una vez en el recinto, cerveza roja Club Colombia, fotos de rigor y rumbo a los conciertos. Desde música llegada de la Patagonia argentina hasta ritmos de la isla de San Andrés. La música se apodera de tu cuerpo y es imposible permanecer sentada. Y la alegría de los ritmos y de la gente, se contagia.

En este caso, fuimos allí a disfrutar del Festival, pero en Panachi (como se conoce al Parque Nacional del Chicamocha) puedes practicar deportes de riesgo, ir a un complejo de piscinas, admirar la escultura a la revolución comunera por la Independencia de España que se dio en la zona, o comer IMG_2984un poco de todo. Incluso hormigas culonas, típicas de la gastronomía santandereana. No podía perder esta oportunidad así que me animé a comprar una bolsita. Las venden como allá se consiguen las almendras garrapiñadas. Confieso que al principio hasta tocarlas me daba repelús (son unas hormigas de unos tres centímetros con un cuerpo enorme), pero una vez que te las llevas a la boca se te pasa todo. No tienen para nada mal sabor, están tostaditas y tienen una salazón que a mí me recordaba a la del jamón serrano, ¡en serio! La textura es similar a la de las palomitas de maíz, son crujientes y ligeras.

IMG_2982Me siento tan bien acogida aquí, la gente está siendo tan amable conmigo, que me imagino que para cualquier persona colombiana debe de ser muy duro emigrar a España. Supongo que será un choque encontrarse con la distancia que allí mantenemos, además de con los prejuicios tan habituales sobre la población latina. En cambio aquí se cuida al extranjero, se le mete en tu casa el primer día y te preocupas de que se amañe a la perfección. No puedo evitar sentir cierta culpabilidad y vergüenza sobre nuestro comportamiento y nuestro miedo a lo diferente. Así que me siento responsable de difundir la otra imagen de Colombia que no sale en los noticieros, la de la gente alegre, cercana y generosa, la de los paisajes increíbles, la del compromiso por la paz.

Eva

P.D.: ¡Las fotos no hacen justicia al paisaje en directo!

Transitando

Una de las primeras cosas que me llamó tremendamente la atención al llegar a Colombia y, en concreto, a Bucaramanga, fueron los camiones típicamente americanos y las busetas, una especie de autobuses pequeñitos, decorados cada cual a su antojo, con luces de neón y colores, con lemas religiosos o de cualquier otra temática impresos en las carrocerías, que recuerdan a una atracción de feria. Aún tengo pendiente fotografiarlas en algún momento. Estas busetas no tienen paradas marcadas, si encuentras una en tu camino, le haces una señal con la mano al conductor y éste para sea donde sea. Son estrechas, algunas tienen hasta cortinillas con flecos, como los recibidores de los pisos antiguos, y creo que pueden alojar como a unas 25 personas aproximadamente. Cuando quieres bajar, avisas al conductor y para ahí mismo. Eso sí, para manejarte bien en ellas es necesario que conozcas bien la ciudad para poder identificar la ruta, por lo que yo no me he aventurado a coger una estando sola aún.

Bucaramanga no se define por tener un gran sistema de transporte público. Por ello, la gente se suele trasladar en coche o en temerarias motos que cada vez que veo tiemblo. Recientemente, se está instalando el sistema de Metrolínea, que poco tiene que ver con un metro tal y como lo entendemos en España. Digamos que consiste en varias líneas de autobuses con un diseño estandarizado (no como las busetas), muy similares a los autobuses de Tuvisa o Bilbobus, con sus pantallitas leds indicando las paradas, que en este caso sí son fijas, y además cada autobús para en todas y cada una de ellas, como el metro. Se accede a Metrolínea con una tarjeta sin contacto similar a la tarjeta bat, que te permite hacer transbordos sin coste adicional. En las autopistas disponen de un carril propio al cual no puede acceder ningún otro vehículo. El problema que tiene Metrolínea es que apenas hay planos y la gente no conoce las líneas, se aprende una que le lleva a su destino y poco más.

Cuando consulté por la ubicación de la oficina de turismo para ir a pedir un plano de la ciudad, me desalentaron informándome de que si pides un mapa o plano de la ciudad te hacen muchísimas preguntas sobre el para qué y cuáles son tus intenciones en la ciudad… No sé si tendrá relación con la escasez de planos informativos de Metrolínea, pero decidí apañarme estudiando las calles (con sentido de oeste a este, y numeradas de norte a sur) y las carreras (con sentido de norte a sur, y numeradas de oeste a este), apuntándome números jeroglíficos en la palma de la mano y echando a caminar.

Los primeros días cruzaba las calles corriendo y temblando. Avenidas repletas de carros (coches), sin pasos de peatones, con semáforos únicamente para los vehículos, cuyo color casi tienes que adivinar desde el lateral… Diagonales cruzadas sin rotondas y sin garantía ninguna para viandantes… Las calles más pequeñas no se libran del problema, y la velocidad media de quienes conducen no tranquiliza.

En los coches, si te sientas detrás y procedes a abrocharte el cinturón de seguridad, escuchas sin falta “que acá eso no es necesario, no multan por ello”, argumentos que siguen la lógica de lo que es punible o no, olvidando lo que puede suponer para la seguridad personal tan sencillo gesto.

Los taxis son baratos pero igualmente temerarios en sus modos de conducción. En las motos que circulan por acá puedes observar habitualmente a mujeres conduciendo con niños de unos cuatro años delante, de pie y sujetos al manillar, o a parejas con bebés en el pecho. También puedes encontrar motos que de modo ilegal te ofrecen llevarte a donde les pidas, suelen estar en las esquinas de las zonas más transitadas.

Por la carrera 27, una de las grandes avenidas de la ciudad que comunica con otros municipios del área metropolitana, en los semáforos en rojo se encuentran múltiples artistas callejeros: malabaristas, imitadores, mimos… En los mismos sitios puedes encontrar a la típica persona que te limpia la luna sin preguntarte, y lo más chocante, a hombres empujando a personas en silla de ruedas con amputaciones o discapacidad evidente entre los coches, utilizando la morbosidad y la pena para conseguir unas monedas.

La terminal de autobuses está en las afueras de la ciudad, pero para comprar una boleta (un billete), como para casi todo en esta ciudad, no es necesario que te traslades hasta allá, con que llames a un teléfono y lo pidas a domicilio te lo traen por el módico precio de mil pesos colombianos (unos treinta céntimos de euro), y así te ahorras salir del refugio.

El centro de la ciudad es bien bonito, pero si no quieres dar papaya (buscarte un problema) debes andar con paso seguro y con objetivo fijo, parece complicado el hecho de pasear por mera recreación acá. Aquí hay un barrio no tan céntrico y más tranquilo que esas calles, llamado San Francisco, repleto de pequeñas zapaterías artesanales. El calzado es de muy buena calidad y muy económico, ya que lo venden a precio de fábrica. Allí parece imposible el poder entrar en cada tienda a observar toda la mercancía, pues lo primero que te dicen nada más entrar es “a la orden” y te consultan por qué es lo que buscas. Debes ir con una idea concreta si no quieres que te inviten a probarte cualquier cosa con tal de que te lleves algo. Así que el ritual es ir preguntando en cada entrada las características del calzado que buscas, que te contesten y si te dicen que no, das las gracias, deseas un buen día o tarde (aquí la tarde es a partir de las 12 de la mañana) y sigues al siguiente comercio. Están todos seguidos, ¡así que puedes repetir este proceso cuarenta veces! Si te decides por algún modelo, debes preguntar por “el último precio” porque en San Francisco todo se puede regatear.

A todo se puede adaptar una, y aunque parezca mentira, poco a poco me muevo con más seguridad por la calle, incluso cruzando las calles o sintiendo el casi roce de una buseta mientras caminas por la precariedad de acera que queda tras una obra en el piso. Pronto comenzaré a viajar a entornos rurales del país para trabajar en campo dentro del proyecto en el que colaboro, y sé que muy probablemente las historias del trayecto (cuatro horas atravesando el cañón del Chicamocha para un recorrido de poco más de cien kilómetros) darán que contar…

Eva